Hace unos siete años, inició la era del carnaval carioca montonero y sadomasoquista. Ayer, esa era terminó. Y terminó de la mejor manera posible. La banda se presentó en la calle en frente del nuevo departamento que Adorni compró con préstamos del Estado, en el marco de un festival de la Universidad de Filosofía y Letras. Un contexto muy Fama y Guita. La euforia de los fanáticos, el sonido pésimo pero pésimo, los kioscos de la zona que fueron quedándose sin cervezas para vender, el secreto bien guardado que llevo dentro: este es el último show. Un encargo: escribir la carta de defunción de mi banda favorita.
☆⋆。𖦹°‧★⋆ ˚。⋆୨୧⋆ ˚。⋆‧₊˚🖇️✩ ₊˚🎧⊹♡
Amor a primera vista
Siento que parte de mi lóbulo frontal comienza a desarrollarse esa primera vez que los vi. Fue en un sucucho caluroso y sucio, fui con mis amigas sin conocer a las bandas que tocarían esa noche. Nada, pero nada me preparó para lo que estaba por pasarnos: un viejo arrugado y sin pelo con lentes de sol que se sacaba la ropa, una venezolana con el pelo rojo cereza propinándole azotes con un látigo, bailarines mostrando cómo bailar coreos estúpidas en cada canción. La fascinación nos poseía. El show se volvía cada vez más delirante, más enérgico, más interactivo; para el final de la noche, todos los presentes formábamos parte de esa masa amorfa, sudada y bizarra.
La epopeya de conciertos avanzó por toda la ciudad, por toda la provincia, por todo el país y también fuera de él. El desborde era cada vez más evidente, los sucuchos hacinados se volvieron Niceto Club o Uniclub. A los que estamos desde el principio, de a poco nos empieza a invadir ese optimismo idiota: si hicimos realidad este sueño, cualquier cosa es posible.
☆⋆。𖦹°‧★⋆ ˚。⋆୨୧⋆ ˚。⋆‧₊˚🖇️✩ ₊˚🎧⊹♡
La última noche
Bajo del Didi Moto, me saco el casco con torpeza, le digo “buenas noches” al conductor, me dirijo al tumulto de gente que se hace cada vez más grande y chillón. Doy algunos besos, esquivo a algún conocido al que quisiera no saludar, veo de soslayo al viejo caminando entre los pibitos y a Mari vestida de pies a cabeza como el presidente de la Nación. Les sonrío, me invade una amargura, la tapo con una lata azul y cigarrillos baratos.
D me intercepta. Me da una misión: llevar conmigo el cartel de la olla popular de Puan, esperar a que el show termine y subir al escenario con el cartel en alto, gritar el alias para las donaciones en el micrófono. Me gusta tener una misión. Pedir unos pesos, un alimento no perecedero, una mano. Me guardo el cartel en la mochila, apuro la birra, me retoco el labial, me muero un poquito. Sé que este show será más que otro capítulo en esta historia inolvidable. Es the last dance.
El armado del escenario es tenso. No sabemos si la policía va a hacer que todo se dé de baja. No sabemos si habrá represión en esta calle. Patrulleros y agentes de tránsito nos rodean, gravitan a nuestro alrededor como aves carroñeras. Se acercan, hacen preguntas, sacan fotos. Es todo un show, un intento de hacernos sentir miedo. El temor se disipa: la banda sube al escenario.
¿Por qué Fama y Guita era distinta a todo lo demás?
Finalmente, empieza la última noche. Suena por primera vez en vivo “FENÓMENO BARRIAL”, la canción dedicada al mismísimo Adorni. En la casa del vocero, hay flor de joda con merluza y con champán. ¡Los hijos de puta lo hicieron realidad! Este país es un chiste mal contado, Fama y Guita es el payaso borracho con la boca llena de verdades. Quiero decirlo, protestar nunca fue tan divertido. Se respira un aire de libertad, de verdadera libertad. Es verdad, nos subimos más y más en la derrota; pero, ayer, ganamos.
El fin del mundo es tendencia y no lo puedo bloquear. En la canción “corchazo!” la banda se atrevió a hacer una fiesta sobre nuestros deseos de morir. Deseos que tenemos tan normalizados, un tema sobre el que bromeamos constantemente. El deseo de morir es un deseo que nos asigna una misión: sobrevivir. Pienso en esto, cuando escucho los últimos versos de la canción: hagamos algo pronto, ya.
Los chicos del público tienen los pelos de colores, las miradas cansadas, las mochilas llenas de libros apiladas a un costado de la vereda. Son estudiantes de Puan, artistas callejeros, pendejos del Gran Buenos Aires, treintañeros queers que nos miran con amor. Todos saltan como un enjambre de pulgas enloquecidas al ritmo de “Nepobaby”. Está es una canción que hace que nos apiñemos unos contra otros hasta no poder más, y creo que esa es la venganza perfecta contra los privilegiados del sistema. Estos cachivaches salidos de la nada cumplen el sueño de esos falsos rebeldes del rock argentino, y lo logran sin ser los hijos de nadie.
La obsesión por explicar la fatalidad es una misión en la que muchos fracasan, y de manera estrepitosa. Dios sabe lo difícil que nos puso hablar de política en el arte, la música, el entretenimiento, la literatura. Dios sabe lo fácil que es quedar como un idiota. Lo exclusivo que puede sentirse ese lenguaje. La pelotudez infinita del miedo al conflicto. Fama y Guita no solo supera cada traba, sino que nos hace reír en el proceso. Porque Fama y Guita nunca le tuvo miedo al peligro de la expresión. ¿Cómo era que se decía? ¿”graciosos y valientes”?
El ridículo que parecía excluírnos de todos los circuitos, de pronto se reunía en una noche. Una disposición tan casera como maximalista. Este proyecto pop obrero terminó y dejó atrás una estela reluciente de lo absurdo. ¡Qué papelón!
☆⋆。𖦹°‧★⋆ ˚。⋆୨୧⋆ ˚。⋆‧₊˚🖇️✩ ₊˚🎧⊹♡
No sé ni para qué quiero más
Cuando nos subimos con J a mostrar el cartel de la olla, un trosko nos trata de detener. Se enoja, se enoja bastante. Nosotras le explicamos: somos amigas de Mari. Somos de la organización de la olla. Sos un desperdicio de oxígeno. En la confusión del recital, nos logramos subir igual. Mari nos da el micrófono, J habla espléndidamente. Yo miro. Busco algo en concreto. Busco con la mirada los restos de la bandera de Estados Unidos, ardiendo en el suelo.
La bandera trans, ondeando sobre nuestras cabezas. Pasaron ya unas semanas, y cada vez que pienso en eso me muero. Pero revivo rápido: tengo mil cosas que hacer. Como con todos los duelos, uno se muere pero no puede detenerse. Todos seguimos con nuestras vidas. Seguimos yendo a trabajar, a cursar, a marchar, a ser cagados a palos. Seguimos yendo a fechas. Bandas nacen y mueren todo el tiempo. Cada una contará una historia diferente. Fama y Guita supo estar a la altura de su propia música. La búsqueda siempre fue vulgar, caótica, horrorosa y preciosa. Cada show fue un nido de ratas bailarinas y extasiadas. Cada canción, un chiste que quizás se contó demasiado bien.
Esa última noche fue inevitable. Al terminar, fui con V a comer un sánguche de milanesa y fumar y fumar y fumar y fumar. Ese dolor dulce.
A las cinco de la mañana, Mari me manda un audio. Al final, ese no fue el último show. Habría diez más en lo que quedaba del año, con la disolución ya anunciada. Es así que la fecha en Puan no fue la última del dúo. Pero sí fue a la última que fui. ¿La verdad verdadera? No tenía un mango. Me daba vergüenza pedir que me dejaran pasar a los recitales de despedida, así que no lo hice. Acepté la muerte. Acepté no ir al velorio.
Cuando mi tía Ana falleció, tampoco fui al velorio. No quise ver cómo se hundía en la tierra. Preferí quedarme con esa última vez que fui a verla al hospital. Tan frágil, blanca como una flor hermosa. Sonriente. Creo que se apiadó de mí. Yo era chica entonces. Todos sonreímos como bobos. Creo que cuando yo me muera, voy a ir a buscar a mi tía. Le quiero contar sobre la mejor banda del mejor país del mundo. Sé que ella va a querer escuchar. Ella estaba loca, y amaba profundamente cosas muy extrañas.
☆⋆。𖦹°‧★⋆ ˚。⋆୨୧⋆ ˚。⋆‧₊˚🖇️✩ ₊˚🎧⊹♡