En estos tres años que llevo metida en antros, teatros, bares, casas de amigos, vi brillar cada vez más fuerte algo que me parece valiosísimo: música argentina renaciendo. Música en castellano, con nuestros voceos y nuestros modismos. El fervor adolescente dejé de encontrarlo sólo en música de afuera o música de hace cuarenta años: descubrí una nueva especie de músicos y músicas que tomaron la posta de esta generación.
Música que me conmovió, me divirtió, que me sacó de mi casa, que me sacó de los boliches de cachengue, que me llevó a marchas y asambleas, que me acompañó de fondo cortando verduras para ollas populares, que me dio el regalo hermoso de escuchar el sonido de nuestras historias. Nuestros viejos tuvieron su voz y tuvieron música que dió cuenta de su presente. Ahora puedo ver que lo mismo se nos da a nosotros.
Así como defiendo a muerte las pelis argentinas, los libros de escritores argentinos, nuestra forma de hablar y nuestras formas de celebrar la vida; defiendo a muerte esta posibilidad de resonar en música de acá y de ahora. Nuestra parte en la historia está sonando y quiero formar un espacio en el que se junten las voces de nuestro presente y la mística de la argentinidad.