¡Estamos cansados, frustrados, adictos, hablando con la letra E!
Nos llaman generación de cristal. Y, a la vez, nos hicieron ver el tiempo en el que existimos como horas que cobramos o que desperdiciamos. Horas en las que cobramos menos de lo que cobraríamos si fuéramos mejores, más inteligentes, si hubiésemos nacido en tal lugar o con cuál cuerpo, si hubiese nacido varón. ¿No volvería eso acaso de cristal a cualquiera? Quiero decir: con ese dedo que acusa, yo tendré cuidado.
Nos hicieron de cristal y se ríen de nuestra fragilidad. La generación de cristal que vive señalando como los dibujitos no son lo suficientemente LGBTQI+, el pesadito aliadín que quiere llamar la atención (el maldito varón performático), la mal cogida feminazi obsesionada con los pronombres, las pesadillitas que no se cansan de traer a colación nombres de nenas muertas. La generación de cristal a la que todo le da “ANSIEDAD”, la generación que no puede ni hacer una llamada telefónica sin regodearse en su pánico, la generación obsesionada con la “salud mental”, el amor “propio”, la generación que se autodiagnostica las más terribles enfermedades mentales, la generación que se siente enferma. La generación que sufre y sufre y sufre, como si hubiesen nacido en la franja de Gaza. Como si hubiesen crecido en un campo de concentración. Los hijos de los hijos, los que la tuvieron más fácil y, aún así, son los únicos que se la pasan parloteando sobre su propio dolor.
Esta es la respuesta: nosotros sabemos algo horrible. Vemos un mundo que ustedes naturalizaron, vemos una vida que tiene costo. Vemos las horas que pasan, horas que cobramos o que, de lo contrario, desperdiciamos. Cada hora que descansé, una hora que perdí. Cada hora que no hice algo, alguito de plata: horas disueltas en mi pobreza. ¿Y esas horas que me la pasé en la marcha, en el aula, en el bar con mi amiga Luna? ¿Y ese tiempo que me la pasé escribiendo poemas? Tiempo que nunca fue mío. Tiempo que me robaron cuando nací. Tiempo que cambia de valor según el precio del dólar.
Quiero decir: nada es nuestro. Hay que tomarlo. Robar.
Tomar una tarde y tocar la guitarra. Tomar miles de tardes, hacer una canción. Tomar años, desperdiciar la vida. Fracasar hermosamente. ¿Podemos esforzarnos lo suficiente hasta acercarnos a convertirnos en el hombre más rico del mundo? Sí. Pero esa es una vida de dolor. La otra vida, la del fracaso, también es una vida de dolor. Pero yo la elijo.
Elijo no saber nada de criptomonedas, elijo no saber ni por dónde empezar una skincare routine, elijo estudiar Letras o Bellas Artes o docencia cualquiera de esas carreras de fracasados antes de dedicar mi vida a las finanzas. Seguro me iría mejor si tomara otras decisiones. Seguro me iría mejor si no me detuviera tanto a llorar. A observar mi llanto. A preguntarle por qué. Seguro nos iría mejor a todos nosotros, hermosos perdedores, si pasáramos menos tiempo escuchando música. Padeceríamos menos lo que cuesta alquilar, lo que cuesta comer, lo que cuesta saber que vivir cuesta mucho más que vida. Ah, elijo llorar por eso, elijo sufrir porque mi amor me haga pobre, elijo angustiarme por saber que mi vida va a ser más difícil, elijo ser de la generación de cristal. Elijo cagarme en la vida que me propone el dedo que me acusa.