Esta nota fue originalmente publicada en Pagina 12/Las12. Lo republicamos con autorización.
El under porteño
Ya sabemos contar la mitología del under argentino más feroz y romántico. Sabemos de la marginalidad elegante de Luca Prodan, del misticismo de Los Redondos, del glamour insolente de Virus, de la locura luminosa de Miguel Abuelo o del amor lleno de aspereza de Ricardo Iorio. Conocemos cómo ese universo creció hasta convertirse en fenómeno masivo sin que esto implicara traicionar su esencia independiente, esa convicción de crear antes que obedecer al mercado. Y también sabemos cómo toda esa belleza se fue desarmando: separaciones, tensiones internas, desgaste. Terminó una época de “misas” ricoteras y “rituales” piojosos. Aunque sobrevivan ecos —Los Fundamentalistas llenando estadios, regresos nostálgicos como el de Los Piojos— la era de la épica del rock porteño llegó a su fin hace ya varios años.
Ese under porteño murió. Y renació. Reencarnó en lo que hoy llamamos “escena emergente”, “movida shoegaze” o simplemente “el under”. En las ruinas de aquel templo rockero aparece hoy otro tipo de criatura. Más chica, más múltiple, menos épica pero igual de obstinada. Una generación que, claro, habita un capitalismo más avanzado y asfixiante. Pero esos pibes también viven en un mundo donde la tecnología y los medios se volvieron accesibles, donde grabar, editar, mezclar y distribuir ya no son privilegio de unos pocos. Este nuevo escenario acarrea diferentes consecuencias.
Quiénes son
Bandas de chicas oscuras y locas que hacen perfos a los gritos. Muchachos envueltos en humo de cigarrillo y luces de colores. Pibas punks re punks, pibes que gustan y ofenden. Crudos, sacados, cancheros, están por encima de todo.
Nacen en la post-pandemia. Después de dos años de encierro, surge una necesidad imperiosa de que la cultura atraviese el cuerpo, de que la música se viva en todo el esplendor de los shows en vivo, que los poemas se reciten delante de un micrófono, que los límites de las pantallas se diluyan. La explosión de ese regreso a las calles acarrea un nuevo mundo de músicos y artistas, uno en el que el optimismo y la alegría se lleva puesta toda traba. En un contexto de avance de la ultraderecha, estos chicos se animan a creer que reivindicando su goce se apropian de un poco de ese futuro que les arrebataron.
Se definen como el regreso del rock. Pero esta no es una repetición de la historia. Ellos son más jóvenes. Son más pobres. Y son más. La democratización tecnológica es determinante, lo cual no trae necesariamente más masividad, pero sí más voces. Cualquier chico con una guitarra y una compu puede llegar a tocar en el Roxy o en el Uniclub, cualquier chico con un teléfono puede volverse su manager, cualquier amiga puede volverse su maquilladora personal, cualquier amigo puede volverse su fotógrafo; esta escena está compuesta por pibes que toman las riendas y se animan a explotar las posibilidades del presente.
Lo colectivo
Algo vital está pasando. Son más jóvenes y más pobres, sí, pero también más colectivos. La escena shoegaze se sostiene en redes reales, no solo digitales. Hay un contacto directo entre artistas y públicos; no hay distancia, hay codeo. Los que tocan hoy, mañana están en la fila para entrar al show de sus amigos. Comparten trabajo, flyers, escenarios, angustias, aulas, cervezas, luchas. Los sellos, las agencias y las producciones son, cuando existen, obra de pibes y pibas. Estos nuevos productores son aquellos que aprendieron haciendo, que hicieron porque la manija fue el motor, que sintieron manija porque se alentaron entre ellos, que se alentaron entre ellos porque vieron en esa sinergia colectiva algo que valía la pena. Las giras se organizan desde un celular; los lanzamientos, desde una compu apoyada en la cama. Lo independiente no es estética, sino que es condición material.
Y ahí está lo nuevo: en la precariedad convertida en comunidad, en el deseo que insiste aún sin una infraestructura que los sostenga.
Los padres del rock
El under porteño no replica su pasado glorioso, pero nunca lo olvida. Samples de Charly García, covers de Los Redondos, inconfundibles referencias a las grandes estrellas que ya no bajan del cielo. Estos pibes crean sin prometer grandes epopeyas, pero apostando a algo más simple e igual de radical: sostener la llama de la noche rockera porteña entre todos.
Catalogarlos dentro del gran “rock nacional” para ellos es el halago más hermoso. Serán unos atrevidos que se animan a revelarse contra todo, pero el respeto por ese mundo pasado es una bandera que llevan a donde vayan. No apuestan a ser una reencarnación, sino a ser una nueva generación que mira a la anterior con una mezcla de orgullo y de la nostalgia más extraña: la de quien extraña una época en la que no estaba vivo.
Chicos y chicas quieren rock
Se respira un aire de admiración mutua. Hay un interés genuino de este pequeño mundo de verse a sí mismo evolucionar, mutar, expandirse y mutilarse, reescribirse y resistir. Mientras el gobierno de Milei se ensaña en atropellar los derechos conquistados de la educación y la cultura, estos chicos insisten en su existencia. Desde el no-futuro, articulan un tejido colectivo en el que crecen a un paso imparable, sin olvidar que surgieron de las entrañas de un rock que se supo argentino y místico. Hecho con una sonrisa, entre todos, sin esperar nada del futuro pero esperándolo todo de este punto de partida, los nuevos chicos under prometen un presente del que nos podemos volver a enamorar.