“TODO ESTO ES POR AHORA PERO TAMBIÉN ES PARA SIEMPRE”.
Colibrí y yo estamos en el backstage del segundo escenario de Otra Historia, leyendo estas palabras escritas con marcador indeleble en la pared. Colibrí es mi ex compañero de trabajo. Duré una semana en esa oficina. Una semana en la que conocí a este pibito venezolano con la boca llena de música.
Colibrí trajo a Otra Historia una guitarra hermosa, llena de brillo. La tocó con un desborde, con una excelencia tan precipitada. Detrás de él, un batero tocando sin platos. Pisando el pedal que me prestó Luciel. Y allí delante mi guitarra roja, en los brazos de alguien que no conozco.
Cómo se esfuman los nervios
Mi trabajo es estar nerviosa. Mi rol es caminar por todos lados, revisar el entorno, buscar un plug, pedir un redoblante, devolver un afinador, repartir las consumiciones, cebar mate con Zohar. Zohar cumplió mi fantasía inicial sobre la Fatal Jam: el sonidista que se subió al escenario a cantar en una escapadita de su laburo en la misma fecha.
Mis nervios son indispensables. No sé existir sin ellos. Pero también sé que se disuelven como azúcar en la lengua cuando pasan cosas como esta: mi amigo Colibrí reencontrándose con un amigo de Venezuela en el escenario, tras haber emigrado cada uno por su lado, tras haber librado la batalla de abandonar el hogar de uno, tras dejarse llevar por los sonidos que llevaban dentro. O: un pibe de mi edad tocando en la jam junto con nada más y nada menos que sus alumnos. Uno de sus alumnos es una chica que saludé en la entrada, elogié su vestido y su pelo de colores. Yo tenía la guardia baja. Ver esa escena me armó de nuevo. Lectores; sepan perdonar lo empalagosa que sé ser.
La intimidad sobre las tablas
Vera es mi mejor amiga hace más de diez años. Se sube a cantar ¿Qué vas a hacer tan sola hoy? con Sebas y Juani, amigos con los que tuve una banda el año pasado. Vera me sorprende. Nunca la escuché cantar. No me la imaginaba dejándose ir con tanta elegancia. Vera hace algo que no debería sorprenderme, pero lo hace: Vera me extiende el micrófono.
«…y no quiero que tu novio sepa lo que hicimos, lo que hicimos, lo que hicimos hoy».
Mi hermano Gastón es bastante maleducado
Hay algo de lo que me habló mi hermano mayor una vez, una cosa que nunca se me salió de la cabeza. Algo completamente fuera de lugar. A menudo mi hermano se siente cómodo siendo un desubicado. Fuimos a ver un recital en una sala pequeña. Me dijo, con un volumen considerable:
“Mirá a la gente. Nadie está mirando a los músicos. Están mirando a la nada o al celu o hablando entre ellos. Es tristísimo. Para mí, es lo peor”.
Inmediatamente todos voltearon a mirarnos. Yo me ahogué en mi cerveza. Pelotudo de mierda, pensé. Pero hoy pienso algo distinto. Pienso que, de ahora en más, ese será mi único objetivo. Que en los recitales de La Fatal todos nos quedamos absortos y anonadados por la música que nace ante nuestros ojos. Ese es el sueño. Esa es la meta. Lo demás, es aderezo.
Perdedores hermosos
Gotitas de ácido caen y derriten el suelo. Es la guitarra de Colibrí, son las notas que empapan el aire. Los instrumentos cambian de manos. Acá, el asunto de ganar es muy sencillo: el que gana es el valiente. El que tiene coraje. El poseído por la obsesión. Acá gana el que le da el cuero como para revelarse. Arriba del escenario, solo hay ganadores.
Una respuesta
La fatal fue como salir a jugar a la vereda a los 11